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 El Puente Que Llevamos Con Nosotros -  Sobre la muerte, el duelo y el amor que permanece

Recuerdo estar de pie en el mar cuando era una niña, con mi prima Marcela justo detrás de mí.

Estábamos en la playa, en un club privado donde nuestras familias compartieron gran parte de nuestra infancia. Yo todavía estaba aprendiendo a mantenerme firme frente a las olas, y Marcela, que era más alta que yo (como todavía lo es mucha gente), se colocaba detrás de mí. Cada vez que venía una ola demasiado fuerte, ella se daba vuelta y dejaba que golpeara su espalda en lugar de la mía. Siempre me cuidaba; era tan maternal.

Hacía años que no pensaba en ese recuerdo.

Marcela era mi prima, pero crecimos como hermanas. Nuestras mamás eran hermanas, nuestros papás eran hermanos y nuestras familias compartían prácticamente todo. Ella y mi hermana Kelly nacieron con apenas unas semanas de diferencia. Fueron juntas al colegio, bailaron juntas y crecieron una al lado de la otra.

Kelly siempre estaba en movimiento: bailando, practicando deportes, encontrando algo nuevo que hacer, vender o intercambiar. Era una mujer de negocios desde que éramos pequeñas, hiperactiva y llena de energía, pero también increíblemente protectora.

Recuerdo que, cuando estaba en octavo grado, una compañera me estaba molestando. Como la menor de tres hermanas, siempre había sido consentida y protegida. No sabía cómo defenderme porque, en realidad, nunca había tenido que hacerlo.

Caminé hacia el salón de Kelly, que estaba en décimo grado. Ella me vio desde el otro extremo de un pasillo abierto y comenzó a caminar hacia mí. Mientras nos acercábamos, empecé a llorar. Abrió los brazos y los mantuvo abiertos hasta que nos encontramos.

Me abrazó y me preguntó qué estaba pasando. Apenas podía explicarle entre lágrimas.

«Sea lo que sea, yo me encargo. No te preocupes. Todo va a estar bien», me dijo mientras me abrazaba.

Y sí, se encargó. Siempre lo hacía.

Este año las perdí a las dos.

Lo que comparto aquí es mi experiencia personal, no una verdad universal. Cada persona vive la vida, la muerte, el amor y el duelo de manera diferente. Esto es lo que he vivido, lo que he sentido y lo que todavía estoy descubriendo.

Cuando el conocimiento se encuentra con el amor

Hace más de diez años, la vida de Kelly cambió después de dos episodios médicos críticos que le dejaron serias limitaciones neurológicas. La hermana a la que yo corría buscando protección se convirtió en alguien que necesitaba que nosotros cuidáramos de ella.

Como familia, aprendimos a navegar una realidad que jamás habíamos imaginado. Hubo amor, frustración, agotamiento, esperanza y también la difícil comprensión de que amar a alguien no significa que podamos decidir cómo debe vivir.

El 15 de diciembre de 2025 me gradué como doula de fin de vida. Para el último fin de semana de enero de 2026, Kelly estaba gravemente enferma.

Había pasado meses aprendiendo sobre la muerte, el proceso de morir, el duelo y el acompañamiento. Comprendía la importancia de tener conversaciones difíciles, hacer preguntas y acompañar a las familias durante la toma de decisiones.

Pero nunca había acompañado a alguien que estuviera muriendo. Y, de pronto, esa persona era mi hermana.

El conocimiento es importante, pero el conocimiento no lo es todo.

Nada de lo que había estudiado me preparó para ver a Kelly en aquellas camas de hospital, observar cómo su cuerpo se deterioraba y sentirme completamente incapaz de cambiar lo que estaba sucediendo.

Como doula de fin de vida, comprendía lo que estaba presenciando. Sabía que su cuerpo estaba dejando de funcionar, que se estaba muriendo. Y, aun así, como su hermana menor, deseaba desesperadamente que sobreviviera.

Busqué historias de personas que hubieran sobrevivido a condiciones similares. Hablé con colegas, enfermeras y personas con conocimientos médicos, esperando que alguien pudiera decirme algo diferente, algo que me diera una razón para creer que podía recuperarse.

Pero nadie podía darme las respuestas que estaba buscando.

Y aun así, yo quería creer.

Sabía que necesitaba abrirle espacio a la posibilidad de su muerte. Comprendía lo importante que era tener conversaciones difíciles, hacer preguntas y ayudar a mi familia a navegar lo que estaba sucediendo.

Pero emocionalmente no podía imaginar una vida sin ella.

Estaba viviendo dos realidades al mismo tiempo. Una era todo lo que sabía sobre la muerte y el proceso de morir. La otra era esa hermanita que llevaba dentro y que solo quería que su hermana mayor estuviera bien.

Cada vez que la visitaba en el hospital, hacía todo lo posible por no llorar frente a ella. Pero en cuanto salía, me derrumbaba por completo. A veces no podía respirar. Otras veces caminaba afuera sintiendo como si estuviera caminando sobre las nubes. Todo era tan surrealista.

Hubo médicos que nos explicaron las cosas con compasión y claridad, y otros que nos dejaron luchando por comprender lo que estaba pasando. Pasé horas investigando, haciendo preguntas y hablando con mi familia sobre decisiones que ninguno de nosotros había imaginado tener que tomar.

Y no dejaba de preguntarme: ¿Por qué nosotros, como seres humanos, esperamos hasta estar en medio de una situación así para hablar sobre la muerte?

Hablamos de finanzas, relaciones, salud y planes para el futuro. ¿Por qué no hablamos de LA única cosa que nos hace iguales a todos? ¿De LA única experiencia que sabemos con certeza que vamos a vivir? La muerte…

¿Por qué no dedicamos tiempo a preguntarnos cómo queremos que nos cuiden cuando estemos gravemente enfermos o cuando envejezcamos? ¿Qué es importante para nosotros cuando estamos muriendo?

Durante la primera hospitalización de Kelly, le pregunté qué quería para su funeral. Quería que liberáramos mariposas en el cementerio, que sonara música ranchera de Pedro Infante porque era de la favorita de nuestro papá, y que todos fuéramos vestidos de morado.

Le cumplí dos de las tres cosas; nadie tenía ropa morada, jajaja.

Y como la guerrera que era, incluso mientras su condición empeoraba, seguía diciéndome que quería luchar.

Y yo quería luchar con ella.

Las cosas que no podemos cambiar

El 15 de agosto, su mente comenzó a cambiar. Ya no podía reconocer a su hijo mayor, pero el 17 de agosto, el último día que la vi, sí me reconoció cuando entré a aquella habitación del hospital.

Le puse sus canciones favoritas, le llevé gelatina de fresa y hablamos de sus hijos. Le di mi palabra de que haría todo lo posible por cuidarlos, aunque nadie podría cuidarlos tan bien como ella lo habría hecho.

Pegué mi frente a la suya, le dije cuánto la amaba y le pedí perdón por no poder intercambiar lugares con ella. Me dijo que lo sabía.

Recuerdo haber querido que supiera que ser su hermana menor había sido el honor más grande de mi vida. Creo que se lo dije. Esos últimos días siguen tan borrosos en mi memoria que no puedo asegurarlo.

Ese día, cuando le pregunté si quería seguir luchando, me apretó la mano tres veces.

«Está bien», le dije. «Entonces sigamos luchando».

Cuando me despedí, estaba segura de que volvería a verla.

Dos días después, Kelly murió.

Marcela había muerto poco tiempo antes. Sus últimos meses fueron diferentes y no tuve la oportunidad de estar tan cerca de ella como hubiera querido.

La última vez que la vi, le llevé una pizza margarita. Siempre habíamos disfrutado de comer juntas y tomar cerveza, pero ella ya no podía beber alcohol, así que compartimos pizza y jugo con nuestra familia.

No sabía que sería nuestra última comida juntas. Y eso es algo que llevo conmigo.

Mirando hacia atrás, no creo que haber tenido conversaciones sobre la muerte hubiera hecho menos doloroso perder a Kelly y a Marce. Nada habría podido preparar mi corazón para sus ausencias.

Pero esas conversaciones podrían habernos ayudado a comprender mejor sus deseos, conocer los recursos de apoyo disponibles y navegar decisiones difíciles con mayor claridad.

Ojalá más familias supieran que los cuidados paliativos no son únicamente para los últimos días de vida. Pueden acompañar a personas que viven con enfermedades graves, ayudando a aliviar síntomas y sufrimiento mientras reciben otros tratamientos. Las doulas de fin de vida también pueden brindar acompañamiento emocional, práctico e informativo, desde una función no médica, tanto a las personas como a sus familias.

Yo sabía estas cosas gracias a mi formación. Pero vivir la enfermedad de Kelly me hizo comprender su importancia de una manera completamente diferente.

También aprendí algo sobre el acompañamiento que no había comprendido del todo hasta que fui yo quien lo necesitó.

No podía cambiar lo que le estaba sucediendo a Kelly. Podía hacer preguntas, defender sus deseos, escucharla y amarla durante todo el proceso. Pero no podía hacer que su cuerpo se quedara.

Y tampoco podía sostenerlo todo yo sola.

Mis mejores amistades, mi familia y mi comunidad estuvieron ahí cuando yo ya no podía sostenerme a mí misma ni sostener todo lo demás. Me escucharon, me apoyaron y me recordaron que no tenía que atravesarlo todo por mi cuenta. Confieso que lo intenté, pero fue imposible.

Había aprendido lo importante que era acompañar a los demás. Ahora estaba experimentando lo que significaba ser acompañada.

Porque, sin importar cuánto conocimiento tuviera, seguía siendo una hermana menor y una prima menor que no quería perder a su hermana mayor ni a su prima mayor.

Nuestros roles y títulos no nos protegen de ser humanos, porque en el centro de todo está el amor. Tanto, tanto amor.

El duelo no es una visita

Mucho antes de perder a Kelly y a Marce, había aprendido y llegado a creer que el duelo no es una visita, sino un compañero de por vida.

Experimentamos el duelo a lo largo de nuestra vida. Vivimos duelos por relaciones, sueños, oportunidades y por los muchos cambios que la vida nos trae. Pero volver a perder físicamente a alguien me ha llevado a tener una relación mucho más cercana con el duelo.

Hay algo increíblemente doloroso en saber que las personas que amamos no quieren dejarnos, pero sus cuerpos simplemente ya no pueden quedarse.

Es una historia de amor que no quería terminar, pero tuvo que hacerlo.

Y, aun así, creo que el amor continúa más allá de la muerte física, y que ese amor se queda con nosotros tanto como se va con ellos.

He estado reflexionando sobre lo que significa seguir viviendo cuando alguien a quien amamos ya no está físicamente aquí.

Para mí, la vida tal como la conocía fue sepultada cuando sepultamos a mi prima y a mi hermana.

Pero la vida no se detiene cuando alguien muere. Seguimos despertándonos, trabajando, cuidando de nuestras familias, riéndonos con nuestros amigos, haciendo planes y experimentando momentos de cierta felicidad.

Y a veces, en medio de un día cualquiera, su ausencia se vuelve tan presente y tan pesada que te das cuenta de que es verdad: esta es una nueva vida que apenas estás comenzando a descubrir.

Estoy aprendiendo que no tengo que elegir entre extrañarlas y continuar viviendo. Ambas cosas pueden existir dentro de mí. Puedo reír y seguir viviendo mi duelo. Puedo sentir gratitud por mi vida y, al mismo tiempo, desear que ellas estuvieran aquí para compartirla conmigo.

No tengo que dejar atrás mi duelo para experimentar esas cosas.

Por quien soy y por lo que creo, todavía hablo con Kelly y con Marce. Las siento conmigo todo el tiempo. Las llevo a los lugares que visito y a la vida que sigo viviendo.

Nuestra relación ha cambiado, pero no ha desaparecido.

El puente que llevamos con nosotros

¿Se acuerdan de la película Coco? ¿De ese hermoso puente naranja por el que los espíritus cruzan para visitar las ofrendas que han preparado para ellos?

Bueno, hoy en día, para mí, el duelo es exactamente como ese puente.

Conecta el amor que experimenté con Kelly y Marce mientras estaban físicamente aquí con el amor que sigo experimentando ahora.

Y he llegado a comprender que cruzar ese puente significa permitirme sentir lo que el duelo trae consigo, incluso cuando se siente de la mierda y es incómodo, incluso cuando me confronta con cosas sobre mí misma, mi vida o nuestras relaciones que preferiría no enfrentar.

Porque si paso mi vida teniéndoles miedo al duelo, tratando de evitar el dolor o negándome a reconocer sus ausencias, siento que también estaría cerrándome a una parte del amor que llevo por ellas.

No porque el dolor sea la única manera de experimentar el amor por alguien que ha muerto, sino porque, para mí, el duelo es parte de cómo ese amor continúa existiendo.

Cuanto más me permito experimentar el duelo a mi manera, en mi mente y en mi cuerpo, más me comprendo a mí misma. Y más cerca me siento de Kelly, de Marce y de mis ancestros.

Hacer las paces con el duelo no significa que disfrute el dolor ni que haya aprendido a aceptar cada parte de sus ausencias. Hay momentos en los que las extraño terriblemente, en los que desearía que las cosas hubieran sido diferentes, en los que pienso en todo lo que ya no podrán experimentar.

Pero no quiero pasar el resto de mi vida luchando contra algo que nunca estuvo bajo mi control y que ahora forma parte de mi relación con ellas.

Quiero hacerle espacio. Y quiero que esa sea una de las maneras en que las honre con mi vida.

Una de las cosas más importantes que he estado descubriendo es que el duelo no tiene que convertirse en toda mi identidad para tener un lugar en mi vida.

Puedo vivir mi duelo sin ser únicamente mi duelo. Puedo seguir creciendo, amando y experimentando la vida mientras llevo conmigo la ausencia de personas que fueron, y siguen siendo, una parte tan importante de ella.

Por eso no veo al duelo como un enemigo. Y tampoco veo a la muerte como una enemiga. Son parte de nuestra experiencia humana, nos sintamos preparados para ellas o no.

Y esto me lleva de regreso a las conversaciones que desearía que hubiéramos comenzado mucho antes de que Kelly enfermara.

Porque hablar sobre la muerte no se trata únicamente de prepararnos para el momento en que alguien muere. Se trata de comprender cómo queremos vivir, cómo queremos ser amados y cómo queremos cuidarnos unos a otros mientras todavía estamos aquí.

Se trata de reconocer que no tenemos tiempo ilimitado juntos.

Ya sé, qué bajón. Pero vaya golpe de realidad, ¿verdad?

La manera en que vivimos y amamos hoy ya se está convirtiendo en parte de los recuerdos que alguien llevará consigo mañana.

Mi intención al compartir esta historia no es decirle a nadie cómo debe experimentar la muerte o el duelo. Esta es mi experiencia, mi manera de comprenderlos y la relación que sigo construyendo con ambos.

La comparto porque quiero que nos atrevamos más a tener conversaciones sobre la vida que incluyan la muerte, a hacer preguntas, a conocer los recursos de apoyo disponibles y a escuchar a las personas que amamos antes de encontrarnos frente a decisiones que jamás imaginamos tener que tomar.

Y la comparto porque, y no puedo enfatizar esto lo suficiente, deseo que nos permitamos ser humanos, ser felices, amar, dejarnos amar y vivir la vida al máximo durante todo el tiempo que podamos. Cuanto antes nos permitamos hacerlo, mejor.

No según las expectativas de alguien más, no dentro de un plazo determinado y no como si el duelo fuera algo que tuviéramos que superar antes de poder continuar viviendo.

No tenemos que estar completamente preparados para la muerte para reconocer que es parte de la vida. Y no tenemos que dejar de vivir nuestro duelo para seguir amando y viviendo.

No puedo regresar a aquella playa y pararme frente a Marce mientras ella me protege de las olas. No puedo caminar por aquel pasillo del colegio y encontrar a Kelly esperándome con los brazos abiertos.

Pero puedo recordar cómo se sentía ser amada por ellas. Puedo reconocer las maneras en que ese amor me formó y llevarlo conmigo en la forma en que amo y cuido a los demás hoy.

Todavía estoy descubriendo quién soy ahora, en quién me he convertido después de todo esto y qué me depara el futuro. La mayor parte del tiempo, todo se siente tan incierto. La vida tal como la conocía ha cambiado, y sigo aprendiendo a vivir dentro de esta nueva realidad.

Pero hay algo que sí sé con certeza: quiero dedicar mi vida a abrir conversaciones sobre la muerte, porque todo lo que he vivido me ha hecho sentir todavía más pasión por la vida.

Por vivirla plenamente, amar profundamente y recordar que el tiempo que tenemos juntos es precioso, sin importar qué tan largo o corto sea.

Mi Kla y mi Matelita ya estaban en este mundo cuando yo llegué a él. Fueron parte de quien yo era mientras crecía y siguen siendo parte de quien soy hoy. Las llevaré conmigo hasta el día en que volvamos a encontrarnos.

Ya no están aquí de la manera en que quisiera que estuvieran.

Pero el amor que compartimos sigue vivo en mí. Yo también sigo viva. Y tú también.

Con gratitud, Cesiah.